Desiderata
Palabra
(es)Ensauyo
Ensauyo
2026
(en)
Essay
2026
El juego predilecto de la infancia que compartí con mi hermana consistía en apuntar con el dedo, a turnos, las cosas que deseábamos de las revistas de mi madre. En ese mundo primerizo de la niñez y en el seno de la única relación humana que prescinde de la vergüenza, mi hermana y yo nos batimos a duelo recorriendo con los dedos pequeños las brillantes hojas de las revistas de interiorismo y moda que mi madre coleccionaba desde la década de los 90. Con el dedo índice comenzábamos a configurar un ecosistema de objetos y sus representaciones, a empapelar nuestro mundo interior de ciertos colores, ciertas texturas específicas, empezábamos a alimentar nuestra máquina deseante y a forjar una mirada.
Es cierto que en nuestra mente de niñas no existía todavía la lógica del consumo y eso lo hacía un juego de pura imaginación. El entretenimiento consistía en puntualizar el deseo, sin aspiraciones de conseguirlo, sin agenda, simplemente para señalar el apetito: "quiero esto", "quise esto y no lo tuve", porque el deseo siempre se erige alrededor de una falta, de un espacio vacío, vacante, expectante de posibilidad. La falta se erguía como una torre y nosotras jugábamos a su alrededor inconscientes de cómo ese precoz ejercicio aspiracional marcaría nuestras vidas para siempre.
No fue el único deporte del deseo que practicamos durante mis años formativos. Desde pequeña incursioné en el window shopping y es todavía hoy la actividad de esparcimiento a la que más naturalmente me inclino. Salir a ver vidrieras. Detenerme en todos los escaparates luminosos, esculcar detrás del vidrio la cosa brillante que me hizo detenerme: un anillo de strass, unas pulseras de plástico que me provocan ganas de clavarle los dientes, o una bolsa carísima que se encuentra por el momento muy fuera de mis posibilidades pero… el objetivo es soñar, desear por desear, practicar el anhelo como fin en sí mismo, aunque duela porque es cierto que el deseo te consume. El Deseo siempre es febril y ardoroso. Desear es un trabajo de tiempo completo, anhelar puede llegar a ser agotador. Exponer el deseo, articularlo, señalarlo, es mortificante siempre.
Dedico gran parte de mi tiempo a rastrear y acumular objetos en las infinidades del ciberespacio. El acto alcanza su punto culminante en el momento en que hago clic sobre el botón GUARDAR. Y lo guardo, lo archivo, lo recolecto. Utilizo ese mismo dedo índice que entrené en la infancia y el ejercicio es prácticamente el mismo. Mis listas de favoritos en Wallapop son una especie de mausoleo de deseos, algunos precoces y otros sostenidos con garra a lo largo del tiempo, de años literalmente. A veces lo reviso y hago un paseo por el parque de la memoria como una aristócrata del siglo XVII paseaba por sus hermosos jardines de rosas inglesas. Aquí es cuando estaba en la búsqueda por una falda roja de piel para mi cumpleaños número 29. Estas son las 6 sillas de Roche Bobois que la señora Adela ha tapizado con una preciosísima tela que trajo desde Mallorca; no importa cuántos años pasen, desde el 2020 se rehúsa a venderme 4 en lugar de 6. Sospecho que ninguna de las dos tiene planes reales: ella de venderlas, yo de comprarlas. Aquí mi colección de faldas de seda, de gorros de pelo, bufandas tejidas, corsets bordados, pequeñas tazas antiguas, vitrinas restauradas, estrambóticos zapatos de todo tipo… Las búsquedas son específicas, es una especie de caza, un instinto primitivo de recolectora me posee e incluso pruebo más satisfacción haciendo clic en el corazón o el botón de guardar que en el de COMPRAR.
De más de 2000 objetos guardados llegué a adquirir apenas 49.
Es cierto que en nuestra mente de niñas no existía todavía la lógica del consumo y eso lo hacía un juego de pura imaginación. El entretenimiento consistía en puntualizar el deseo, sin aspiraciones de conseguirlo, sin agenda, simplemente para señalar el apetito: "quiero esto", "quise esto y no lo tuve", porque el deseo siempre se erige alrededor de una falta, de un espacio vacío, vacante, expectante de posibilidad. La falta se erguía como una torre y nosotras jugábamos a su alrededor inconscientes de cómo ese precoz ejercicio aspiracional marcaría nuestras vidas para siempre.
No fue el único deporte del deseo que practicamos durante mis años formativos. Desde pequeña incursioné en el window shopping y es todavía hoy la actividad de esparcimiento a la que más naturalmente me inclino. Salir a ver vidrieras. Detenerme en todos los escaparates luminosos, esculcar detrás del vidrio la cosa brillante que me hizo detenerme: un anillo de strass, unas pulseras de plástico que me provocan ganas de clavarle los dientes, o una bolsa carísima que se encuentra por el momento muy fuera de mis posibilidades pero… el objetivo es soñar, desear por desear, practicar el anhelo como fin en sí mismo, aunque duela porque es cierto que el deseo te consume. El Deseo siempre es febril y ardoroso. Desear es un trabajo de tiempo completo, anhelar puede llegar a ser agotador. Exponer el deseo, articularlo, señalarlo, es mortificante siempre.
Dedico gran parte de mi tiempo a rastrear y acumular objetos en las infinidades del ciberespacio. El acto alcanza su punto culminante en el momento en que hago clic sobre el botón GUARDAR. Y lo guardo, lo archivo, lo recolecto. Utilizo ese mismo dedo índice que entrené en la infancia y el ejercicio es prácticamente el mismo. Mis listas de favoritos en Wallapop son una especie de mausoleo de deseos, algunos precoces y otros sostenidos con garra a lo largo del tiempo, de años literalmente. A veces lo reviso y hago un paseo por el parque de la memoria como una aristócrata del siglo XVII paseaba por sus hermosos jardines de rosas inglesas. Aquí es cuando estaba en la búsqueda por una falda roja de piel para mi cumpleaños número 29. Estas son las 6 sillas de Roche Bobois que la señora Adela ha tapizado con una preciosísima tela que trajo desde Mallorca; no importa cuántos años pasen, desde el 2020 se rehúsa a venderme 4 en lugar de 6. Sospecho que ninguna de las dos tiene planes reales: ella de venderlas, yo de comprarlas. Aquí mi colección de faldas de seda, de gorros de pelo, bufandas tejidas, corsets bordados, pequeñas tazas antiguas, vitrinas restauradas, estrambóticos zapatos de todo tipo… Las búsquedas son específicas, es una especie de caza, un instinto primitivo de recolectora me posee e incluso pruebo más satisfacción haciendo clic en el corazón o el botón de guardar que en el de COMPRAR.
De más de 2000 objetos guardados llegué a adquirir apenas 49.
The favorite game of my childhood, the one I shared with my sister, consisted of taking turns pointing at the things we desired from my mother’s magazines. In that primordial world of childhood, and within the only human relationship exempt from shame, my sister and I dueled each other by running our small fingers across the glossy pages of the interior design and fashion magazines my mother had been collecting since the 1990s. With our index fingers we began configuring an ecosystem of objects and their representations, wallpapering our inner world with certain colors, certain specific textures. We began feeding our desiring machine and forging a gaze.
It is true that in our little girls’ minds the logic of consumption did not yet exist, and that made it a game of pure imagination. The entertainment lay in pinpointing desire, with no aspirations of obtaining the thing itself, with no agenda, simply to point toward appetite: “I want this,” “I wanted this and never had it,” because desire always erects itself around a lack, around an empty space, vacant and expectant with possibility. Lack stood like a tower and we played around it, unaware of how that early aspirational exercise would shape our lives forever.
It was not the only sport of desire we practiced during my formative years. From a very young age I ventured into window shopping, and to this day it remains the leisure activity toward which I am most naturally inclined. To go look at shop windows. To stop before every luminous display, to peer behind the glass at the shiny thing that made me pause: a rhinestone ring, plastic bracelets that make me want to sink my teeth into them, or an outrageously expensive bag far beyond my means for now but… the point is to dream, to desire for the sake of desiring, to practice longing as an end in itself, even if it hurts, because it is true that desire consumes you. Desire is always feverish and burning. To desire is a full-time job; to long can become exhausting. To expose desire, articulate it, point at it, is always mortifying.
I devote a large portion of my time to tracking down and accumulating objects across the infinities of cyberspace. The act reaches its climax the moment I click the SAVE button. And I save it, archive it, collect it. I use that same index finger I trained in childhood, and the exercise is practically identical. My Wallapop wish lists are a kind of mausoleum of desires, some premature and others fiercely sustained over time, for literal years. Sometimes I revisit them and stroll through the park of memory the way a seventeenth-century aristocrat might wander through her English rose gardens. Here is when I was searching for a red leather skirt for my twenty-ninth birthday. These are the six Roche Bobois chairs Mrs. Adela upholstered in a gorgeous fabric she brought back from Mallorca; no matter how many years pass, since 2020 she has refused to sell me four instead of six. I suspect neither of us has any real plans: neither she to sell them nor I to buy them. Here is my collection of silk skirts, fur hats, knitted scarves, embroidered corsets, tiny antique cups, restored vitrines, extravagant shoes of every kind… The searches are specific, a kind of hunt; a primitive gatherer’s instinct possesses me, and I often derive more satisfaction from clicking the heart or SAVE button than the BUY one.
Out of more than 2,000 saved objects, I have acquired barely 49.
It is true that in our little girls’ minds the logic of consumption did not yet exist, and that made it a game of pure imagination. The entertainment lay in pinpointing desire, with no aspirations of obtaining the thing itself, with no agenda, simply to point toward appetite: “I want this,” “I wanted this and never had it,” because desire always erects itself around a lack, around an empty space, vacant and expectant with possibility. Lack stood like a tower and we played around it, unaware of how that early aspirational exercise would shape our lives forever.
It was not the only sport of desire we practiced during my formative years. From a very young age I ventured into window shopping, and to this day it remains the leisure activity toward which I am most naturally inclined. To go look at shop windows. To stop before every luminous display, to peer behind the glass at the shiny thing that made me pause: a rhinestone ring, plastic bracelets that make me want to sink my teeth into them, or an outrageously expensive bag far beyond my means for now but… the point is to dream, to desire for the sake of desiring, to practice longing as an end in itself, even if it hurts, because it is true that desire consumes you. Desire is always feverish and burning. To desire is a full-time job; to long can become exhausting. To expose desire, articulate it, point at it, is always mortifying.
I devote a large portion of my time to tracking down and accumulating objects across the infinities of cyberspace. The act reaches its climax the moment I click the SAVE button. And I save it, archive it, collect it. I use that same index finger I trained in childhood, and the exercise is practically identical. My Wallapop wish lists are a kind of mausoleum of desires, some premature and others fiercely sustained over time, for literal years. Sometimes I revisit them and stroll through the park of memory the way a seventeenth-century aristocrat might wander through her English rose gardens. Here is when I was searching for a red leather skirt for my twenty-ninth birthday. These are the six Roche Bobois chairs Mrs. Adela upholstered in a gorgeous fabric she brought back from Mallorca; no matter how many years pass, since 2020 she has refused to sell me four instead of six. I suspect neither of us has any real plans: neither she to sell them nor I to buy them. Here is my collection of silk skirts, fur hats, knitted scarves, embroidered corsets, tiny antique cups, restored vitrines, extravagant shoes of every kind… The searches are specific, a kind of hunt; a primitive gatherer’s instinct possesses me, and I often derive more satisfaction from clicking the heart or SAVE button than the BUY one.
Out of more than 2,000 saved objects, I have acquired barely 49.
Como los aeropuertos, las salas de espera, los pasillos, la wish list es un espacio de transición. Es una antesala a la acción futura imaginada. Ahí puedo entretenerme con la pregunta ¿quién quiero ser? sin comprometerme con el objeto físico. Y el deseo se expande, se estira como una media, al día siguiente vuelven a crecer los dedos como las lagartijas que les vuelve a crecer la cola. Esa espera, ese letargo que estiro, es el encanto. Una vez que lo compro el riesgo de decepción es alto. Abandona el reino imaginario y se cristaliza despojándolo de la magia del potencial. Pocas cosas son en la vida real como las imaginamos en nuestra mente. De esas 49 adquisiciones probablemente la mayoría no alcanzaron la expectativa de mi máquina deseante, pero ni ella ni yo las recordamos. Sí atesoramos, en cambio, las veces en que encontramos una perla.
Hay quienes buscan algo en las primeras páginas de una búsqueda, y luego estamos los que atesoran la convicción de que lo mejor está en los lugares más insospechados, en los pozos en los que pocos tienen las ganas de hurgar… en la siguiente página, en el siguiente scroll, y al final se nos concede el premio a la insistencia y a la neurosis. Destrozo el paquete de plástico habiendo apenas salido del punto de recogida de UPS y entreveo el botín: un cardigan de un negro apabullante, con los puños y el cuello de piel suave y esponjosa, de una lana pura y delicadísima que me abrigará como ningún otro suéter me ha abrigado jamás. Huele al más dulce de los jabones. Le escribo a la señora italiana que me ha aceptado la oferta en Wallapop, "Grazie, è bellissimo e profumato!", ella me dice (cara de corazones) y con este tierno intercambio se sella para siempre la historia fundacional de MI cardigan negro.
Y si es verdad que deseo muchas cosas, de una forma tal que a veces me quita el sueño, que me paraliza y me mantiene en un estado de expectación atroz y despiadado. ¿Realmente hay algo más que hacer en este mundo aparte de desear? La vida a veces me parece un desear constante… Practico, como diría Umberto Eco, "la poética del etcétera", una enumeración infinita que nunca termina. Como un buitre vuelo en espiral sobre mis deseos potenciales, las conservo cuando me es posible en un rincón del internet y si no, en un espacio específico de mi mente y memoria, y los recuerdo, a cada cosa, a cada jarrón, cada gorro, cada retazo de tela inútil, cada mesa, lámina, alhajero, bota, vestido, botón, como un secreto delirante y personal. Regalos para mi máquina deseante, insaciable, glotona, que añora y se conmueve con todo y tan poco.
Soy ante todo y siempre seré una cachivachera. Vengo de un linaje de mujeres que fueron generosas con el mundo material e hicieron espacio en sus alacenas, en sus cajones, en sus rebalsantes armarios, para botones y puntillas, sedas, gasas y bordados. Mujeres que sabían otorgarle belleza a las cosas y creer, obstinadamente, que lo bello puede consolarnos, contarnos, salvarnos.
Atormentadas por la belleza de las cosas y el deseo de tenerlas, no a la cosa misma sino algo más allá que brilla como un pequeño faro irresistible, nosotras bichas, urracas, vamos siempre hacia la luz. Dosis altísimas de fantasía en cucharas de nácar. Maestras semióticas, creamos símbolos con el dedo, conocemos bien la importancia, la fatalidad de los signos ínfimos, el brutal poder de los detalles… Si un día despertaba con dolor de garganta, mi madre me recetaba un pañuelo de seda en el cuello.
Mi alma es una gasa inmensa, livianísima; está por todo; es una mariposa espesa, cuyas firmes piernas de hilo asen lo que fue o es de mí. Y para siempre. Tiene apretados los vestidos antiguos, las trenzas, las caravanas en forma de trébol; y lo de ahora, dijes, figuritas de vidrio o porcelana, que me rodean. No quiebra nada.
Mi alma va a la chacra y trae cosas, visita la bodega, el altar, la cocina, la casa, y trae cosas, tinajas, pomelos, zapallos y demás, y los vende por el camino en los días de necesidad, y me trae los resultados.
iCómo? Ella, tan leve y tan magna! ¿cómo?, si ya voló hace tiempo, la chacra, si no hay nadie, nada, sólo un vacío campo con matas de frambuesas salvajes. Pero ella va y me trae cosas.
En esta noche de asiduos relámpagos y tormentas, ocupa un pequeño sitio, parece un tul arrollado. Veo a mi alma. En la honda oscuridad están sus ojos brillantes, fijos, celestes, de muñeca.
Marosa di Giorgio, La flor de lis (2004)
Like airports, waiting rooms, hallways, the wish list is a transitional space. It is an antechamber to imagined future action. There I can entertain myself with the question “Who do I want to be?” without committing to the physical object. And desire expands, stretches like a stocking; by the next day the fingers have grown back the way lizards regrow their tails. That waiting, that prolonged lethargy, is the enchantment. Once I buy the thing, the risk of disappointment is high. It leaves the imaginary realm and crystallizes, stripped of the magic of potential. Very few things in real life resemble what we imagine them to be in our minds. Of those 49 acquisitions, most probably failed to meet the expectations of my desiring machine, but neither she nor I remember them. What we do treasure instead are the times we found a pearl.
Some people search only through the first pages of results, and then there are those of us who cherish the conviction that the best things are hidden in the most unsuspected places, in the pits few people are willing to dig through… on the next page, the next scroll, until finally the prize for insistence and neurosis is granted to us. I tear apart the plastic package moments after leaving the UPS pickup point and catch sight of the loot: a devastatingly black cardigan, with soft and fluffy fur cuffs and collar, made of an exquisitely delicate pure wool that will warm me more than any sweater ever has. It smells of the sweetest soap. I write to the Italian woman who accepted my offer on Wallapop: “Grazie, è bellissimo e profumato!” she replies (heart-eyes emoji), and with that tender exchange the foundational story of MY black cardigan is sealed forever.
And yes, it is true that I desire many things, in a way that sometimes robs me of sleep, paralyzes me, keeps me suspended in a state of atrocious and merciless anticipation. Is there really anything else to do in this world besides desire? Life sometimes seems to me like a constant act of desiring… I practice what Umberto Eco would call “the poetics of etcetera,” an endless enumeration that never truly ends. Like a vulture I spiral above my potential desires; when possible I preserve them in some corner of the internet and, if not, in a specific chamber of my mind and memory, and I remember each thing — every vase, every hat, every useless scrap of fabric, every table, print, jewelry box, boot, dress, button — like a delirious and deeply personal secret. Gifts for my desiring machine, insatiable and gluttonous, that longs for and is moved by everything and so little.
Above all things, and always, I will be a scavenger of beautiful junk. I come from a lineage of women who were generous toward the material world and made room in their cupboards, drawers, and overflowing wardrobes for buttons and lace trims, silks, gauzes, and embroideries. Women who knew how to bestow beauty upon things and to stubbornly believe that beauty can console us, tell our stories, save us.
Tormented by the beauty of things and the desire to possess them — not the thing itself, but something beyond it that shines like a small irresistible beacon — we magpie women always move toward the light.
Extremely high doses of fantasy in mother-of-pearl spoons. Semiotic masters, we create symbols with our fingers; we know well the importance, the fatality of tiny signs, the brutal power of details… If one day I woke up with a sore throat, my mother prescribed a silk scarf around my neck.